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8 de febrero de 2012
Marzilli, Pablo

El autor nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires y con posterioridad realizó varios cursos de actualización y postgrados en Derecho de las Telecomunicaciones y Derecho Administrativo. Actualmente está cursando la Maestría en Sociología en la Pontificia Universidad Católica Argentina. Cursó estudios teológicos en el Seminario Ministerial Sudamerica no y en el Seminario Internacional Teológico Bautista, en el cual obtuvo su Licenciatura en Ministerio.

Fue ordenado para la función pastoral en el año 1987 en la Iglesia de Dios, en la cual sirvió como Director de Educación Cristiana de la Región Central-Este de la República Argentina. Realizó tarea pastoral y educacional en varios países de Latinoamérica.

En la actualidad es pastor de la Iglesia Bautista “Vida y Restaura ción” de la Ciudad de Ramos Mejía, Provincia de Buenos Aires. Trabaja en una empresa de telecomunicaciones y es vice presidente de la Comisión de Empresas de Telefonía Móvil de la Asociación Hispanoamericana de Centros de Investigación y Empresas de Telecomunicaciones.

Esta casado con Claudia y tiene tres hijos: Franco, Chiara y Marco.

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Todos nosotros sabemos que Dios no ha cambiado, que su eterno amor, poder y misericordia son inalterables. Dios ama a las ciudades y sus moradores, en ese sentido nosotros somos los responsables de extender el Reino y anunciar a todas las personas el señorío de Cristo. Cuando vemos la obra de la iglesia primitiva quedamos sorprendidos, impresionados, en poco más de cien años uno de los imperios más grandes de todos los tiempos cayó a los pies del Señor. ¿Cómo lo hicieron? ¿Qué los motivo? ¿De donde sacaron recursos y medios para su misión? ¿Cuál fue su estrategia? ¿Esos principios son aplicables aún hoy? ¿Nosotros podemos transformar nuestra ciudad también? A la luz de su ministerio ¿Cómo deben ser los nuestros? Estas y otras varias preguntas son las que trataremos de responder. Creo firmemente que Dios se mueve por principios eternos y todavía vigentes. Lo único que necesita es una iglesia comprometida por amor, santa, dispuesta a servir más allá de las palabras y que viva en la plenitud de su Santo Espíritu. Nosotros también podemos transformar nuestra ciudad para la gloria de Dios.

Pablo Marzilli


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